Esa es mi Policía

A pesar de su estigma, el policía dominicano es un héroe.

Su servicio no tiene hora, reparos ni circunstancias. Es policía, chofer, mensajero, jardinero, conserje, recepcionista, sirviente, proxeneta y confidente. ¿En qué lugar del mundo un funcionario, un exoficial o un empresario tienen a su servicio personal uno o más policías? Al policía promedio dominicano, semianalfabeto por definición, se le demanda un comportamiento escandinavo cuando a duras penas ha podido saltar las marañas de los arrabales para aceptar, más por subsistencia que por vocación, un oficio socialmente despreciado. Ese mismo policía, parido y criado en los nichos de la delincuencia, es el que, por deber, la tiene que combatir sin excesos y con prudencia, según los estándares y garantías del primer mundo.

¿Cuantos dólares exigirían nuestros genios de la opinión para hacer el trabajo de un policía por un día? Salir a la calle polvorienta y oscura, nublada de miedo y muerte, sin más pertrecho que el coraje y un arma; o enfrentar, con la rabia del hambre y el rigor del sol, las hordas del crimen para luego ser expulsado deshonrosamente por cualquier desliz.

¿Cuántos recursos se derrochan sin control ni conciencia en obras y proyectos inorgánicos mientras las reformas que precisan las instituciones básicas languidecen en la desidia? ¿Cuántas dependencias infuncionales, como el Congreso, cuentan con presupuestos desproporcionados frente a otras, como la Policía Nacional, que se quiebra, en medio de la inseguridad que nos arropa? Mientras en otros países la mayoría de los cuerpos policiales están sindicalizados y sus miembros hacen frecuentemente paros y huelgas, en nuestro país recientemente un raso fue sometido a vejaciones y amenazas por denunciar lo que está a la vista.

No debemos esperar milagros; hay que contar con esa Policía: la que hoy nos avergüenza o atemoriza, la que precariamente nos protege y la que ha convertido su supervivencia en una callada proeza de humillación. Mientras tanto, ayudemos a esa Policía a expresarse y a exigir lo que la insensibilidad política y la oficialidad privilegiada le han negado. Sin orden no hay seguridad y la Policía es la garantía ciudadana de ese orden, por más teorías que importemos y académicos que nos mareen.

(edición núm. 358, noviembre 2016)

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