Hasta un día

La República Dominicana reportó un crecimiento económico del 6.6 por ciento para el cierre del año 2016, el más alto de América Latina y del hemisferio occidental.

Este dato ya no es noticia. Hemos tenido un crecimiento promedio del 5.6 por ciento en los últimos veinticinco años. El aporte de ese crecimiento a nuestras condiciones de vida ha sido, en cierta medida, irrelevante. Acumulamos disfunciones y carencias estructurales inconmovibles; es más, algunas se han profundizado con el paso del tiempo. Una de ellas es la desigualdad social: un cuadro enfadoso que nos coloca entre las primeras treinta naciones del mundo.

En ese contexto la pregunta sería ¿para quiénes ha crecido la economía? La respuesta está asociada precisamente a esa relación asimétrica que trenza nuestro tejido social. La concentración de la riqueza en manos de pocos y el irracional desequilibrio en el ingreso constituyen condiciones inflamables que a la distancia de una ruptura social pueden ver avivada su combustión.

Lo grave es que los beneficiarios reales de ese crecimiento viven muy ajenos a tales riesgos, como si la sumisión social a esa realidad fuese eterna e imperativa. Creen que tal desafío incumbe solamente al Estado y que su única responsabilidad social es generar empleo. Ese núcleo social debe abrirse a mayores compromisos y sensibilidades que se correspondan con los beneficios y privilegios derivados de su participación dominante en la economía. Existen formas diversas y creativas de integración del sector privado en la agenda social del Estado y algunas claman por su asunción, como el salario, el empleo, la educación, la transparencia, la pobreza y la seguridad social, por solo citar las más afines.

Los beneficiarios reales del crecimiento deben retribuir a la sociedad con acciones y decisiones que mejoren sus condiciones institucionales de vida. Si no lo hacen por convicción solidaria, al menos por razones de sentido común: sería un atentando a la seguridad y estabilidad de sus propias inversiones este estado insostenible de iniquidad social frente a desbordamientos tan provocadores de ostentación como los que impone una economía de consumo para unos pocos. Tarde o temprano la tuerca se correrá. Estamos a tiempo para engrasar sus roscas.

(edición núm. 360, febrero 2017)

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