¿Pueblo?

Para el científico social y político checo Karl Deutsch pueblo es “un grupo de personas con hábitos complementarios de comunicación. (…) Lo esencial para constituir un pueblo es que sus miembros compartan una comunidad de significados en sus comunicaciones, de modo que puedan comprenderse en forma efectiva en un amplio ámbito de diferentes temas”.

Esa es la visión funcionalista del concepto compartida por importantes sociólogos como el español Juan Francisco Marsal Argelet, entre otros.

¿Tiene la sociedad dominicana de hoy una “comunidad de significados en sus comunicaciones”? Creo que ahí reside uno de nuestros problemas orgánicos. Cierto, tenemos una cultura común que modela nuestra identidad. Nadie puede negar que bailamos merengue y bachata, comemos mangú, disfrutamos la pelota, nos gusta la juerga, somos cálidos, estridentes e informales, pero ¿hemos consolidado una “comunidad de significados” que nos interprete socialmente? Debemos convenir en que no hay una perspectiva de conjunto ni una comunidad de objetivos troncales. Somos una yuxtaposición de grupos con intereses y arraigos distintos. Y no se trata de pensar de la misma manera o de tener igual nivel educativo o social, sino de construir un relato relevante como colectivo. Construir nuestra propia cosmovisión.

Una nación es más que gente, territorio y gobierno: es proyecto de vida común sobre una visión racional de objetivos trascendentes. ¿Tenemos un sueño dominicano (dominican dream)? ¿Reconocemos un proyecto mínimo de realización individual en el sistema? ¿Sabemos lo que colectivamente somos? ¿Existe un sentido claro, común y robusto de lo que queremos?

Debemos admitir que si en algún momento existió esa comprensión hoy está en franca disolución. Solo considerar que el futuro de las generaciones emergentes (la mayoría) descansa en la esperanza del éxodo es para reevaluar el aludido concepto. Que seis de cada diez jóvenes desearían emigrar a toda costa del país (si tuvieran la oportunidad para hacerlo) es un dato que si no ha despertado la alerta social es porque la colectividad no ha entendido su crisis. Un pueblo que no ha cimentado esa conciencia social pierde toda razón de pertenencia. Más que pueblo, es un agrupamiento de gente con afinidades culturales. Desde esa base, el término “nación” nos queda grande.

Es ahí donde las elites políticas y sociales, que son las que marcan las rutas y coordenadas, han malogrado todo buen propósito. No han podido señalar ni mucho menos construir ese ideal. Las razones están pendientes porque todavía no tenemos un verdadero enfoque autocrítico de la historia, pero se han dado todas: inconsciencia, deserción, omisión o intereses. Creo que han concurrido todas. ¿Acaso no quiere la clase política contar con ese caudal de votos comprados por mil pesos? ¿Puede importarles a los núcleos dominantes un régimen de consecuencias cuando la impunidad ha sido factor de concentración de riqueza? ¿Les interesan a los oligopolios reglas claras de mercado y competencia? Estemos claros: a los que dirigen el poder les asustan los cambios, se sienten inseguros. El orden los confunde, las reglas los importunan, los reclamos los aturden. Nos venden el bienestar en paquetes de cifras comparadas para no perder el control social, pero eso no es sostenible; tarde o temprano romperá. Hoy Chile, tenido como el ejemplo de bienestar en América Latina, nos da la bofetada.

Ese concepto político de pueblo usado por los centros de poder como corso o membrete es subterfugio, coartada y construcción virtual. Un pueblo de presencia astral en los números de las encuestas, cuya voluntad se ensambla en los laboratorios de marketing no es más que una torcida manipulación del poder. Ese no es el pueblo que merece ni aspira el verdadero pueblo: el pueblo que no hemos construido.

[Edición núm. 389, septiembre de 2019].

 

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