Una brecha de esperanza

El problema estructural dominicano no es de recursos naturales: es de compromiso (y lo ha dicho miles de veces el Banco Mundial). Nuestra pobreza es humana: en educación, salubridad y bienestar. El sistema educativo está catalogado como “paria” y la salud pública responde a una burocracia ineficiente propia de los años setenta.

El dominicano medio no lee; mucho menos interpreta. Ver lectores abstraídos en las calles, en el metro y en las plazas es una estampa ajena a nuestro paisaje cultural. Nunca ha habido interés público en fomentar la lectura. El libro es un artículo de lujo. La comprensión es otra competencia escasa y tardía. La información no se critica, se repite por instinto mimético o se presume como verdad revelada. La educación formal es reproductiva y no cimienta valor crítico.

El empirismo domina el mando y las decisiones públicas. Las políticas caminan arriadas por los apremios, las reformas por las crisis y los presupuestos por las improvisaciones. La tecnocracia es un concepto pendiente o relegado. Hemos modernizado el consumo, no así el pensamiento. Vivimos la euforia del progreso sin la experiencia del desarrollo. Crecemos en cantidad, no en calidad. Somos exitosos espantando cerebros, aún más prosperando la mediocridad.

Nuestro desarrollo político corresponde al medioevo. Nos acostumbraron a la imposición, no a la discusión. Las relaciones de poder han sido rígidamente verticales. Obedecemos por miedo o fastidio y no por convicción. Probablemente seamos una de las naciones más conscientes de lo que quiere, pero sin saber el cómo. Nuestra verdadera crisis no es de líderes, es de savoir faire: de rutas, estrategias y objetivos. Y no precisamente por ignorancia sino por falta de interés, por aquello de que las cosas siempre han funcionado así o talvez porque el caos no deja de ser un buen negocio.

Nunca aprendimos a construir consensos ni planes de desarrollo porque las decisiones penden del poder. Esa visión patriarcal del Estado ha sobrevivido a los tiempos y se ha vestido de formas distintas: tiranía, autocracia, populismo; en fin, el mismo pasado con apariencias embusteras.

La buena noticia es que ese arquetipo entró en crisis (por las contradicciones de intereses) y legitimidad (por las prácticas corruptas e impunes), pero también ha emergido una nueva conciencia que contempla con bochorno la desnudez de su indefensión. En esa iluminación asombrosa pero todavía pequeña ha descubierto que las instituciones democráticas precisan de cambios. Pena que llegamos a esa comprensión sin un proceso conducido de maduración social. Debemos entrar en una nueva dimensión del compromiso. La participación dejó de ser elección.  Nadie hará por nosotros lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. No más remiendos ni costuras; llegó el momento de hacer lo que nos toca.

(edición núm. 382, febrero de 2019)

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